miércoles, 3 de diciembre de 2008

La posibilidad de un sistema-L en las crónicas de viaje de Cees Nooteboom

El escritor holandés Cees Nooteboom (1933) es, dentro del espacio literario holandés y alemán, uno de los grandes escritores de viaje. Tanto su obra ficcional como su obra de cronista están fundamentadas en el viaje, no como un recorrido lineal entre dos puntos, sino como una permanente experiencia de “desvío”, donde el llegar a un punto determinado implica
una demostración empírica de la verdad de la paradoja de Zenón referida a la imposibilidad del movimiento porque, como subrayó el famoso filósofo griego, para llegar de A a Z antes debemos alcanzar el punto medio, L, y antes el punto medio D, y así sucesivamente. El argumento de Nooteboom es aún menos alentador que el de Zenón: según su cartografía, para llegar de A a B antes debemos descubrir Z, que al parecer es inaccesible; y los placeres de la ciudad C, que permanencen difusos en nuestra memoria; y las promesas que ofrece la ciudad de W, que tal vez (o tal vez no) visitemos algún día, o nos la perdamos de manera irremediable para aterrizar en otro lugar completamente distinto (Manguel 7-8).
A partir de sus crónicas de viaje, en especial las contenidas en El desvío a Santiago (1993) y Hotel Nómada (2002), deseo esbozar cómo en estos textos se presenta un esbozo de sistemas-L, más como un esfuerzo teórico que como una posibilidad práctica.

Los sistemas-L

Planteados por Aristid Lindenmayer en 1968, los sistemas-L son “una teoría axiomática de desarrollo biológico” (Ochoa) en la cual la reescritura permanente es su gran función. Es decir, de un sistema, utilizando el ejemplo que propone Gabriela Ochoa, se puede reescribir de tal forma que b → a, y a → ab. Al comenzar con un sistema a, se pasa a un sistema b, y de ahí a un ba,

b → a → ab → aba → abaab → abaababa

y así sucesivamente, expandiéndose hacia el infinito en una serie de reescrituras. Un sistema sencillo, como el que propone David J. Wright, permite explicar la complejidad de estos sistemas:



En este sistema, la línea recta toma un desvío en la mitad de su recorrido entre los puntos A y B, función que reaparece permanentemente a través de sus generaciones. Primero es sólo un desvío. Luego aparecen más desvíos en las líneas cortadas y en la línea del desvío, y así sucesivamente hasta que la estructura pasa de ser una línea a una estructura arbórea.

El viaje como aventura filosófica
Bamyeh (36) señala que
para Nooteboom, el viaje es una aventura filosófica, cuyos destinos se presentan como preguntas abiertas antes de ser explicaciones. Y cuando un lugar es dejado atrás, no se deja atrás porque el viaje haya concluido o [el destino] haya quedado exhausto, sino porque instiga más viajes hacia otros lugares.
Una dialéctica similar entre la explicación como tal y el momento como «filosofía» se plantea en La escritura y la diferencia de Derrida, una dialéctica
entre la filosofía como poder o aventura de la cuestión misma y la filosofía como acontecimiento o giro determinados en la misma (109).
Ese «acontecimiento o giro» es, para Derrida (109), una “«filosofía» como momento y modo determinados –finitos o mortales– de la cuestión”, un momento en el espacio y en el tiempo donde la cuestión se desvía de su rumbo y, sin perder ese primer destino, se busca un segundo donde ese primer destino pueda expandirse en el mundo. En el texto “Mi cuaderno de notas y un epílogo desde Gantheaume Point (la biblioteca de Borges)”, Nooteboom relaciona los apuntes de su cuaderno (Nooteboom 2002, 189), su «memoria externa» (Nooteboom 2002, 192), con el orden de los libros que, por azar, reposaban en los anaqueles del despacho que el escritor argentino ocupaba en la Biblioteca Nacional, y con tres huellas de dinosaurio encontradas por el autor en una remota playa australiana, las cuales a su vez dirigen su memoria a “Funes el memorioso” y luego a la cuestión de lo mítico y lo ficcional en tanto perplejidad ante lo real, de
la Gelassenheit [serenidad, imperturbabilidad, placidez] heideggeriana en el Sein zum Tode (ser-para-la-muerte), el mundo como juego, como intención, como ficción o como biblioteca sin fin en la que nuestro destino, personal o universal, está escrito en los libros (Nooteboom 2002, 196),
un mundo que a su vez permite la desaparición del cuaderno de notas de Nooteboom en un autobús bonaerense, lo cual convierte a Nooteboom en el ciego Borges (Nooteboom 2002, 196). Un juego de dominó, un relato construido a partir de la caída progresiva de momentos en el espacio y en el tiempo a través de lugares y personas que, a primera vista, parecen no relacionarse.

Para Nooteboom, lo filosófico en el viaje no es solamente una búsqueda de la verdad o una hermandad de la verdad y la bondad en la belleza. Es una búsqueda de la transformación, a través del viaje, de la razón en mito y del mito en razón. Transformar a la mujer oculta tras el vestíbulo de Bangkok en el lienzo de Velásquez pintándose a sí mismo en Las meninas y a su vez en Foucault, Rembrandt y Gautier (Nooteboom 1993, 77-80). Una reconciliación de las imágenes: La mente del viajero en El buda tras la empalizada donde los ángeles de Rilke y Caravaggio se transforman en las prostitutas de una sala de masajes en Bangkok y viceversa, el juego de encontrar al ángel disfrazado en cualquier rincón de Perth. La búsqueda, nada ajena a la práctica de la filosofía, de una verdad:
Dreamings, ficciones, mitologías –escritas por un individuo o por un pueblo de antepasados anónimos– no son sino intentos de encontrar una respuesta a nuestra ininteligible presencia en un universo todavía vacío. ¿Acaso debemos llenar, conquistar este universo? ¿O tal vez el enigma que ha escrito nuestros nombres acabará por borrarlos juntamente con todo lo escrito, sin dejar rastro alguno? (Nooteboom 2002, 195)
La única solución que Nooteboom plantea para este dilema se resume en una frase: «La fotografía es sólo un recuadro, un pequeño recuerdo, yo quiero verlo todo». El verlo todo, más allá de los límites de la imagen, del signo único o de los muchos signos que convergen en una imagen o en una obra de arte, genera una imagen de mundo heterogénea. Para Nooteboom, esa imagen se convierte en un hotel imaginario que comienza en Barcelona (donde el autor escribe este hotel ficticio), pasa por Santiago de Compostela, Bali, Hawaii, Brooklyn, París y Dakar, para volver a España, sin olvidar los espacios intermedios (Portugal, Austria, Amsterdam) donde se congregan los habitantes del hotel Nooteboom (Nooteboom 2002, 207-9). Y verlo todo, convertir al mundo en un heterogéneo signo monstruoso, abyecto, donde para llegar a una cabaña en el trópico se debe subir una escalera envuelta por el otoño gallego, llegar a la habitación donde el olor del amanecer en el Atlántico senegalés se confunde con las luces de los rascacielos neoyorquinos vistas desde el otro lado del Hudson, requiere reconciliar las imágenes del mundo en el silencio de la contemplación del viajero quien, al igual que un monje, está en sí mismo sólo cuando el movimiento lo precede (Nooteboom 2002, 12).

El «verlo todo» resulta así una parte necesaria del viaje como meditación y, por lo tanto, como construcción. En palabras de Merleau-Ponty (751):
Es la obra en sí la que abre la posibilidad. [...] Cambia en sí misma y se convierte en lo siguiente; las interminables reinterpretaciones hacia lo que es legítimamente susceptible de cambiar sólo en sí misma. Y si el historiador desentierra bajo el contenido manifiesto el superávit [surplus] y la fuerza del significado, la textura que guarda la promesa de una larga historia, una activa forma de ser, entonces, esta posibilidad que él devela en su obra, este monograma que encuentra, todas son posibilidades para una meditación filosófica. Pero una labor así demanda una familiaridad con la historia. [...] Como el poder y la fecundidad del arte exceden toda causa positiva o relación filial, no es perjudicial dejar que el hombre, desde su memoria y algunas obras y libros, nos diga cómo la obra entra en sus reflexiones; cómo la obra deposita en él un sentimiento de discordancia profunda, un sentimiento de mutación hacia sus relaciones del ser y del hombre. [...] Es una especie de historia como contacto, tal vez, nunca extendida más allá de los límites de la persona, a pesar de deber todo esto al contacto con el Otro.
Este “combate”, retomando los términos de Derrida, es un combate entre la filosofía como el punto de llegada y la filosofía como el desvío. Para Nooteboom, el punto de llegada, si bien es importante en tanto posee la capacidad de aglutinar lo previo, es imposible sin el camino recorrido y todos sus desvíos. Es así como, más allá de la resemantización que implica, para mencionar sólo el caso de El desvío a Santiago, convertir el mito del camino de Santiago en un permanente desvío, ese desvío resulta obligado porque es una parte fundamental del viaje. El desvío es el viaje para Nooteboom, caótico, casi fractal:
Mi viaje se ha convertido en un desvío de desvíos complejos, e incluso me dejo apartar de estos últimos. Quizá este año ni siquiera alcance Santiago. (Nooteboom 1993, 59)
Y ese desvío no sólo se refleja en el andar geográfico de sus personajes, sino en su misma concepción de escritura, como lo menciona Mertens a partir de En las montañas de Holanda:
El autor dentro de la novela, Alfonso Tiburón de Mendoza, además de su rol de autor es inspector de caminos. Esa combinación produce en la novela una metáfora constante de la escritura como forma de ordenamiento especial. Escribir resulta, por lo tanto, ser una forma de encontrar un lugar dentro del paisaje de lo ya escrito: Una topografía. […] “Escribir es un cuestionamiento eterno de las mismas preguntas, y la filosofía parece consistir en respuestas que siempre difieren un poco, es el inventario de las respuestas”. El escritor ocupa la posición del filósofo según Lyotard: No es un constructor de sistemas, es el que cuestiona los juegos de lenguaje. (155)
El viaje como reescritura
El “desvío de desvíos”, ya en sí mismo, tiene la característica fractal de pasar de un camino trazado (digamos, el camino de Santiago entre Barcelona y Santiago de Compostela) a una serie de desvíos que se ramifican una y otra vez según los deseos del viajero. El ejemplo de El desvío a Santiago es ilustrador. Nooteboom comienza su recorrido en Barcelona, pero se desvía en las mesetas de Castilla. Se desvía de nuevo en Zaragoza, Madrid, Sevilla, Granada, Portugal y las islas Canarias para llegar, mucho tiempo después, a un Santiago que está hecho de todas las pequeñas ramificaciones de su viaje. Y, en medio de los grandes puntos de la ramificación, hay muchos más pequeños. Un libro, un monasterio, un restaurante, un camino. Y esa, para Nooteboom, es la esencia del viaje:
Quiero hacer otra vez este viaje, y también sé que ahora tampoco mantendré la línea recta, que la palabra camino nunca podrá significar otra cosa más que desvío, el laberinto eterno hecho por el propio viajero que siempre se deja tentar por un camino lateral, y por el camino lateral de ese camino lateral, por el misterio del nombre desconocido en el cartel indicador de la carretera, por la silueta del castillo en la lejanía hacia el que apenas se dirige un camino, por lo que tal vez podrá ver detrás de la próxima colina o cumbre de montaña. (Nooteboom 1993, 300)
Y esos caminos reescriben el significado del destino del viaje. Al principio de El desvío a Santiago, Nooteboom es consciente de que ese viaje no será igual a las peregrinaciones anteriores a la tumba del apóstol en Galicia (1993, 12) y, ya cuando ha llegado a la plaza de Santiago de Compostela, descubre que allí está España toda (1993, 326-7), como un fragmento en el cual la totalidad se hace presente, resignificando la plaza y convirtiendo la fractalidad del viaje en un permanente proceso de semiosis. Allí el fragmento es la totalidad, esa que no puede ser observada como el narrador de una historia la observa pero que el viajero construye a partir de los fragmentos encontrados en el camino. Ese camino que va reescribiéndose como una construcción perfectamente consciente de un desvío, y de otro, y de otro… y el camino que antes era una línea de A a B, ahora es como un árbol, con variaciones continuas de dirección según el camino y lo que aparezca en él, llevando al viajero a un continuo desvío permanente, un viaje que no acaba.

Bibliografía
Bamyeh, Mohammed A. “Frames of Belonging: Four Contemporary European Travels”. Social Text 39 (2004): 35-55.
Derrida, Jacques. La escritura y la diferencia. Barcelona: Anthropos, 1989.
Manguel, Alberto. “Moverse en un lugar: Nooteboom de viaje”. Hotel nómada. De Cees Nooteboom. Barcelona: Debolsillo, 2007: 7-10.
Mertens, Anthony. “Postmodern Elements in Postwar Dutch Fiction.” Postmodern Fiction in Europe and the Americas. Eds. Theo D’haen y Hans Bertens. Amsterdam: Rodopi, 1988: 143-159.
Merleau-Ponty, Maurice. “From ‘Eye and Mind’”. Art in Theory, 1900-1990: An Anthology of Changing Ideas. Eds. Charles Harrison y Paul Wood. Oxford: Blackwell, 1993: 749-52.
Nooteboom, Cees. Hotel Nómada. Madrid: Siruela, 2002.
---. El desvío a Santiago. Madrid: Siruela, 1993.
Ochoa, Gabriela. An Introduction to Lindenmayer Systems.
Wright, David J. Branching and bracketed L-systems.

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