sábado, 29 de noviembre de 2008

Ironic

Me resbalé hoy con un bollo de mierda muy grande.

Hoy un grupo presentó una campaña contra la caca de perro.

Hoy me regañaron en el subte.

Aparentemente eso no tiene nada que ver con el viaje, pero creo que muestra las ironías de la cultura ciudadana en Buenos Aires. Iba, como siempre, desde la casa hasta Uriarte (y, por física pereza de aprenderme las rutas, prefiero caminar un poco más desde Santa Fe y Jorge Luis Borges hasta Uriarte y Honduras), y cuando me dirigía hasta la puerta del subte, un tipo me regañó por dirigirme hacia la puerta antes de que se abriera. Entendible, aunque todavía conservo las características de montar en Transmilenio y, cual jugador de rugby en medio de un maul horrible (cabe anotar, he visto demasiado rugby aquí), uno se apresta a bajarse en la estación de la 45 cuando recién están cerrando las puertas en Marly.

Lo raro es que aquí, cuando uno camina, no puede dejar de andar con los ojos en el piso para no toparse con un bollo. Todo el mundo tiene perros aquí, pero el concepto de bolsa y pala no existe. Además, a diferencia de Bogotá, donde las aceras casi siempre tienen una franja de pasto donde los dueños de perros desconsiderados tienen la posibilidad de dejar a su perro hacer sus necesidades allí y uno es consciente de ello, aquí es difícil encontrar franjas de pasto en las aceras. Y, vaya sorpresa, uno no encuentra desperdicios de perro en los espacios donde están los árboles. Todos están en la calle. A la gente le molesta, pero no importa. Nadie hace nada.

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